2 de junio de 2013

ADN

Ese dos de junio, el del dos mil, fue viernes. Hacia tiempo que me estaba viendo a escondidas de mi apropiadora con Maricel.

-Es verdad, entonces? Le dije cuando la llamé por teléfono a su casa para preguntarle si tenía alguna novedad del ADN. Apenas pasaban las diez de la noche. 

La novedad llegaba con una confirmación grande como la mentira en la que había estado sumergido: 99,999% de certeza de que yo era Rodolfito. Yo soy yo, podría haber pensado.

-Si, sos mi hermano! Me dijo, del otro lado. Hacia solo minutos que la habían llamado para darle la noticia. Se podría decir que su felicidad y emoción fue tan grande que pude sentirla a la distancia y tuve la necesidad de llamarla.

Ya estaba todo confirmado. Ya no quedaba ningún lugar para la duda. Ella estaba muy contenta, como nunca más la escuché. 

Yo? No sabía en donde estaba parado. Debía estar contento o triste? La desorientación era terrible. Miedo.   Hacia días que soñaba que yo no era yo.

Mi apropiadora estaba a solo dos habitaciones y yo hablando lo más bajo posible con mi hermana. Los lazos construidos con la que creía que era mi familia se desdibujaban lentamente, como que desaparecían. Se desvanecían. Colgué pensando en la madre de quien creí que era mi madre. Esa abuela, que no era mi abuela, a la que lloré tanto ese diciembre de 1984 cuando murió. Hasta ese año fue la única abuela que había tenido. Pensé en Cecilia, esa prima a la que amaba como a una hermana y en mi apropiadora. 

Esa noche el primer hilo que se evaporó fue el del lazo que me unía a esa no-abuela. 

Me dormí triste y la deje partir de mi memoria. Ya no puedo ya recordar su rostro. 

Hoy abuela es Argentina. También es Rosa. Las que debieron ser siempre.

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