6 de junio de 2013

Esa infancia (III)

Lo anterior: Esa infancia (I) y Esa infancia (II).


Dormitorio:

Ella toma al niño y lo sienta al borde de su cama, trata de explicarle que no pasa nada. Quiere tranquilizarlo, pero llora desconsoladamente. Él no puede parar de mirar la sangre que corre por el rostro de esa mujer que lo acaricia y lo peina. 

Aparece F.G. Su rostro está desfigurado por la rabia. Se para a espaldas de ellos. El niño lo mira, le tiene miedo. F.G. levanta a la mujer de los pelos y la gira. La insulta y la golpea con los puños cerrados una, dos, tres veces [de joven practicó boxeo].

Ella cae - o él la arroja - en la cama de una plaza [la cama está ubicada contra la pared]. Se acorrala contra el muro. Él la toma desde sus ropas y comienza a azotar su cabeza contra la pared. El niño ya no puede ni llorar, presa del susto, cuando aparecen las primeras manchas de sangre. Él, mientras tanto, le grita y seguramente la putea sin fin.

El niño quiere ayudarla. Está parado sobre la cama, en un costado, viendo toda la escena en primer plano. Absorto. Decide amortiguar los golpes de la cabeza. Encuentra la forma de colarse entre el cuerpo de T.J. y la pared. 
¿Él? Sigue ciego, moviéndose mecánicamente y zamarreándola; no se percata del niño que queda atrapado entre la pared manchada de sangre y la cabeza de T.J. que viene y que va a dar directamente a sus genitales. Soporta varios de los embistes, pero el dolor es muy fuerte y el estómago se le retuerce. Asoma una arcada. El dolor le provoca náuseas. Va a vomitar. 

F.G. sale de su trance. No sabe qué hacer con la criatura. El niño no puede más del dolor y camina como puede al baño; no quiere manchar el piso de madera.  Ella, atontada, lo sigue. Mareada. Se cae y arrodillada se desplaza unos metros; se vuelve a incorporar.

Desde la cocina el niño ve la secuencia: ve a F.G., que sigue en el dormitorio, después mira hacia la mancha de sangre. Otra arcada. El niño corre al baño. 

                                                                                                                                                   

2 de junio de 2013

ADN

Ese dos de junio, el del dos mil, fue viernes. Hacia tiempo que me estaba viendo a escondidas de mi apropiadora con Maricel.

-Es verdad, entonces? Le dije cuando la llamé por teléfono a su casa para preguntarle si tenía alguna novedad del ADN. Apenas pasaban las diez de la noche. 

La novedad llegaba con una confirmación grande como la mentira en la que había estado sumergido: 99,999% de certeza de que yo era Rodolfito. Yo soy yo, podría haber pensado.

-Si, sos mi hermano! Me dijo, del otro lado. Hacia solo minutos que la habían llamado para darle la noticia. Se podría decir que su felicidad y emoción fue tan grande que pude sentirla a la distancia y tuve la necesidad de llamarla.

Ya estaba todo confirmado. Ya no quedaba ningún lugar para la duda. Ella estaba muy contenta, como nunca más la escuché. 

Yo? No sabía en donde estaba parado. Debía estar contento o triste? La desorientación era terrible. Miedo.   Hacia días que soñaba que yo no era yo.

Mi apropiadora estaba a solo dos habitaciones y yo hablando lo más bajo posible con mi hermana. Los lazos construidos con la que creía que era mi familia se desdibujaban lentamente, como que desaparecían. Se desvanecían. Colgué pensando en la madre de quien creí que era mi madre. Esa abuela, que no era mi abuela, a la que lloré tanto ese diciembre de 1984 cuando murió. Hasta ese año fue la única abuela que había tenido. Pensé en Cecilia, esa prima a la que amaba como a una hermana y en mi apropiadora. 

Esa noche el primer hilo que se evaporó fue el del lazo que me unía a esa no-abuela. 

Me dormí triste y la deje partir de mi memoria. Ya no puedo ya recordar su rostro. 

Hoy abuela es Argentina. También es Rosa. Las que debieron ser siempre.