19 de junio de 2012

Uno de los karmas

Como ya habrán leído l@s curios@s, el domingo pasado pegó feo: mas allá de estar insuperablemente feliz por ser padre de mis hijos y de que fue también mi día, me pegó mal. Un malestar gástrico fue el desenlace y también la excusa para poder faltar el lunes a terapia. Sencillamente me iba a destrozar, la licenciada.

Durante el poco tiempo que llevo yendo, varias cosas en mi vida se pusieron de cabeza, o a lo mejor se acomodaron como era debido (y antes las tenía de cabeza). Ya veré, con el tiempo.
Lo cierto es que, dentro de esas fichas que van cayendo, una es mi relación con mi hermana. Relación que no es relación, porque ya no recuerdo bien cuándo fue la última vez que hablamos personalmente.

Ella se casó. El marido es un pibe que me cae muy bien, mejor que el anterior novio (que no es Pedro, je!). Más allá de que - obviamente - tiene que tomar partido por una de las partes en particular, ante esta situación, nunca dejó los modos diplomáticos de lado. Siempre fue muy correcto y ese tacto, a esta altura y con el antecedente del novio anterior, es digno de resaltar.

Releo el anterior párrafo. "Ella se casó." Me resulta inevitable pensar que dentro de no mucho tiempo formará una familia. Supongo que ya no siente la presión de nuestra abuela materna, que rogaba un bisnieto. La imagino con una pancita prominente que crece en la lejanía de un país muy frío. ¿Llegaré a ver esa panza?

Cuando mi esposa quedó embarazada de mi primer hijo, ya llevábamos varios meses sin dirigirnos la palabra con Maricel. No me importó. Derrumbe mi orgullo ladrillo por ladrillo y le escribí un mail dándole la noticia. Aun hoy sostengo que los problemas que se presentan entre nosotros y que no nos permiten relacionarnos "bien" no deberían ser una razón para que no exista el vínculo sobrinos/tía. Ese mail dio, como resultado, tres visitas en lo que Ignacio lleva de vida: una cuando faltaban menos de 24 horas para su nacimiento. Otra a los diez días y una última cuando tenía aproximadamente 8 meses. Nacho cumple 5 años en noviembre.

Lamentablemente, dudo que ella vaya a permitirme conocer algún día a un hijo suyo. Espero equivocarme. Trato de pensar que siempre hay esperanzas, pero por lo poco que la conozco, estoy seguro de que esa criatura va a crecer sin conocer a su tío, ni a sus primos. Es como un karma. Hago todo lo posible porque mis hijos no sufran lo mismo que me tocó vivir a mí, que a mis treinta y tres años sigo conociendo primos y tíos; pero inexorablemente caemos en una repetición cíclica de eventos en las distintas generaciones.

Mi abuelo paterno se distanció con mi tío abuelo. Como resultado, mi mamá tuvo escasa relación con sus primos. Mi hermana y yo... mis hijos con su tía... Cuatro generaciones cruzadas por conflictos familiares.

Espero que nuestros hijos puedan cortar con esa maldición. Dependerá de ellos... o de nosotros, tal vez.

2 comentarios:

  1. Esperemos que al despertar el instinto maternal le despierte ese corazon duro que no la deja apreciar y disfrutar de un hermano como vos, que pueda intuir la gran sonrisa que dibujarian sus padres al verlos juntos a pesar de todo aquello que les toco vivir..

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