18 de junio de 2012

Echar de menos

Todavía duele. Este año dolió más que antes, tal vez más que nunca.

El dolor era más leve cuando el Día del Padre representaba el festejo de una figura ausente por decisión propia. Así lo sentí hasta los veinte años. Allá, lejos en el tiempo, el Día del Padre no tenía mucha relevancia ante un tipo que nunca cumplió su rol y que, paradójicamente y como me enteraría tiempo después, para eso me había raptado: para representar ese personaje. Hoy, como hace doce años ya, el Día del Padre está cargado con más ausencia aun; una ausencia diferente. Ausencia por muerte. Alguien lo mató. Si no está aquí, a mi lado, es porque alguien lo decidió así.

Yo, a mi papá, siento que lo extraño. No sabía si esa expresión era correcta, así que hoy busqué en el diccionario la palabra "extrañar":

Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta.

Y sí, lo echo de menos. Siento su falta. Por más que sigo sin saber si llegamos a conocernos, por más que no tengo ni un sólo recuerdo suyo, yo siento su falta.

¿Será tal vez porque creo que este papá, el verdadero, José Manuel, podría haber sido un millón de veces mejor padre que el impostor? ¿Será porque en mi cabeza lo construí casi perfecto, con sólo algunas fotos y con recuerdos prestados? ¿O será simplemente porque vivo lo mismo que un niño pequeño, que mira a su padre como un superhéroe capaz de todo?

Es todo tan nuevo, en estos últimos doce años. Yo no recuerdo haber sentido que mi apropiador fuera como un superhéroe.

Ayer le hablé - a mi papá -, como hago desde hace un tiempo. Esperé inútilmente una respuesta, una señal, un sonido, una imagen. Le hablé en voz alta. Con la voz entrecortada le deseé feliz día y me quedé en silencio, con el llanto atorado en la garganta, esperando su "feliz día para vos también, hijo."

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