8 de mayo de 2012

Día cero (última parte)


Si usté no tiene ni idea de dónde parte este hilo, le cuento que la primera parte está acá y la segunda por aquí.
Habíamos quedado en que me iba a acercar a Abuelas.

Durante el viaje, iba repitiendo la secuencia de los diferentes momentos vividos en el día. Tenía miedo, no lo puedo negar; miedo que lentamente fue desvaneciéndose, a medida que pensaba en la posibilidad de tener una hermana.

Yo tuve una infancia muy aburrida, siempre quise un hermano. Imaginaba que así no tendría que jugar nunca más solo y que seríamos compinches. Yo tenía gran facilidad para armar distintos vehículos con los "rasti", a los que tripulaba con los siempre vigentes playmóbiles; con eso jugaríamos. Otra opción sería la colección de muñequitos de He-man, las bolitas o cualquier otra cosa. Después de todo, la idea era acompañarnos.
Ahora que lo pienso mejor, de pequeño nunca imaginé tener una hermana. No sé por que extraña razón siempre idealicé tener un hermano varón. Tema para preguntar en terapia. Tomo nota.

Decía que iba para APM (Abuelas de Plaza de Mayo). Iba en tren, y luego en Chacarita haría
combinación con el subte para bajarme en Abasto (en esa época, la casa de las Abuelas estaba frente al conocido Shopping). Mientras iba viajando, le decía a la chica con la que noviaba que tenía miedo y le pedía por favor que al primer indicio de que yo estuviera muy vulnerable me sacara de ahí.

Rememorando ese día todavía no puedo enteder de dónde saqué fuerzas para semejante acto de arrojo. ¿Con qué me encontraría? ¿Sería esa chica mi hermana?

Lo raro es que en algún momento del viaje en tren, dejé de pensar que si todo lo que decía Maricel era cierto (y yo era su hermano), significaría que toda mi vida había sido una gran mentira. No sé si fue una reacción normal de mi psiquis o un mecanismo de defensa; lo cierto es que yo iba a saber si Maricel era mi hermana, y nada más.

Toqué el timbre y me dijeron que iban a bajar a abrirnos. [Acá la memoria me falla. No logro determinar si había portero eléctrico o si bajaron a abrirnos. Pasemos a la siguiente secuencia.]

Abre la puerta una anciana de muy baja estatura. Se la podía observar visiblemente nerviosa. Tenía los ojos vidriosos y tristes. No dejaba de mirarme. Me estudiaba, me analizaba.



Días después me enteraría de que esa señora mayor era mi abuela paterna. Por eso me miraba tanto, por eso estaba nerviosa. Recuerden que yo tengo un gran parecido con mi papá; verme a mí era como volver a ver a su hijo luego de veintiún años.

Me acompañó a una oficina: en ella nos esperaban dos hombres y Maricel. Nos sentamos. La abuela nos preguntó si queríamos tomar algo. Un café, pedí yo. Empezó la charla: yo ansiaba saber qué datos tenían para que Maricel pensara que yo era su hermano. Luego de un rato, me explicaron que en las últimas tres semanas habían recibido denuncias telefónicas anónimas dando mis datos, asegurando que yo era hijo de desaparecidos. Pedí oír las denuncias, creyendo que existía una grabación; no era así, el método. Las denuncias se transcriben al papel en el mismo momento en que alguien llama para realizarlas.

Vuelve a entrar en escena la abuela (mi abuela), ahora con una taza de café que apenas puede alcanzarme. Las manos le temblaban.

Uno de esos llamados lo había tomado mi hermana. Imagino sus nervios, tratando de escribir rápidamente sin dejar de preguntar. Leí las conversaciones. Indudablemente, la persona que llamó me conocía. Un ochenta por ciento de los datos eran correctos; les había contado toda mi vida.

- ¿Qué hay que hacer para saber con certeza si somos hermanos? - le pregunté a Maricel.
- Un ADN - me dijo. - Hay dos maneras: una, extrajudicial, en el banco de datos de las Abuelas en USA y otra en el Hospital Durand. - explicó.
- Vamos con la primera. - le dije.

Los dos hombres se miraron. Mandaron a buscar una hoja de papel muy parecida al papel secante y una aguja. La idea era pincharme el dedo y poner 5 gotas de mi sangre en ese papel, pero todos estaban muy nerviosos y nadie se animaba. Tuve que pincharme yo mismo (durante varias semanas pude ver el pinchazo en mi dedo pulgar derecho). Una gota de sangre por cada uno de los círculos que había dibujados en el papel secante. Una a una las fui depositando, con naturalidad, como si eso fuera una rutina. Después charlamos unos momentos más y le dí a Maricel el número telefónico de mi casa. Le pedí que si me llamaba no dijera nada de este encuentro, que se presentara como una amiga. Nos despedimos con un beso y me fui.

Así empezó todo. Así conocí a mi hermana y a una de mis abuelas. Ahí empecé a transitar el camino de la verdad.

5 comentarios:

  1. :D Me encanta el tono con que lo escribiste. Y qué ovarios tu abuela, nene! A mí se me hubiera caído el café al carajo!!!

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    1. No sé lo del tono. Escribo como sale. A veces abruptamente y otras veces cuesta encontrar las palabras.
      Lo de mi abuela fue una prueba más de la valentía que tenia.

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  2. Es el tono que te salió cuando lo escribiste, sin dudas. Pero lo que te quiero decir es que es otro tono. No suena duro, ni se trasluce ese dolor que da bronca que está en otros relatos. Es suave. :D
    (Sí, en mis ratos libres, también soy crítica literaria. Además de una gran especialista en rompedura de huevos -para omelette o poché- y bordado -francés, claramente-)

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  3. Es que me sensibiliza la foto de mi abuelita...

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