17 de mayo de 2012

Catalina

Ella es tu sobrina. Nació el 07 de Junio del 2010. Yo tenía miedo de que naciera bajo el signo de cáncer, como vos. Nacho tiene mi signo, ¡lo único que faltaba era que la nena salga con tu carácter! Un poco bizarro, hubiera sido. ¿Sería como un karma?

Ella es mi mayor debilidad, me puede, tiene una mirada que desborda ternura. Sus besos derriten a cualquiera y sus caricias son tan suaves que te podés dormir abrazado a ella sin darte cuenta.

Es una payasa, aprende más rápido las monerías que las palabras. Le cuesta dejar el chupete y es gran admiradora de su hermano, al cual copia en todo lo que puede.

Posee una gran sensibilidad. Siempre está sonriendo.
Le gusta la música: canta y baila. Tiene muchos osos de peluche, pero sólo duerme con un perro rosado desde que la pasamos a su cuna.

A veces toma mate con nosotros. Come como lima nueva.

Es muy coqueta, a veces usa una cartera. No le gusta que la peinen, pero cuando lo hacemos se mira en el espejo y un rato después sale a mostrar su look a quien quiera verla.

Toca todo lo que está a su alcance y también se lo lleva a la boca. Le gusta hablar por teléfono.
Ama a sus mascotas, no puede dormir tapada, odia a los médicos, adora al ratón Mickey.
A veces se pone a monologar y no se le entiende nada. Sus lágrimas son mi peor tortura.

Te la presento. Ya sé que en tu libro fingís que no te importa nada de ella, pero yo no te creo. No existe tía que pueda resistirse a una sobrina así.

Ella no sabe que tiene una tía que se llama Maricel, que vive la mayor parte del año muy lejos y que está enemistada con su papá. No va a pedir explicaciones; al menos no por ahora.

¿Te la vas a perder?

16 de mayo de 2012

12 de Noviembre





En algún momento voy a escribir acerca del día previo a este recuerdo. Hoy no; más adelante. Sólo recuerden que aquí falta una parte que merece ser contada.

Lunes 12 de Noviembre de 2007, apenas pasadas las 0:00 hs. Acostados en nuestra cama, Cintia me avisa que está teniendo contracciones. Trato de recordar todo lo que nos enseñaron en el curso de pre-parto y de serenarme y tranquilizarla. Tomo nota de la frecuencia de las mismas: en principio son cada quince o doce minutos, luego diez. Después cada siete minutos y cuando empiezan a suceder en lapsos de cinco minutos le propongo que se vaya vistiendo, que tenemos que ir a la clínica.

Llamamos un remís; ya eran pasadas las 03:00 de la madrugada. Recuerdo que las luces anaranjadas de la avenida principal - que nunca me gustaron - iluminaban por segundos el prominente vientre de mi esposa. A cada rato le preguntaba cómo se sentía. (No es fácil ese momento para una mujer; tampoco para un hombre. No es mucho lo que se puede hacer por aliviar los dolores del parto. Yo tenía mucho miedo. Muchísimo.)

Llegamos a la clínica, a Urgencias. La ginecóloga no estaba muy convencida de internarnos, pero Nacho nos ayudó: generó una gran contracción justo cuando la médica tenía su mano en el abdomen de mi mujer. El reloj iba a dar las 04:00hs y me mandaron a iniciar los trámites de internación.

Las horas fueron pasando lentamente, a la espera de alcanzar la bendita dilatación óptima. Cerca de las 08:00 nos avisaron que para ayudar al trabajo de parto era menester romper bolsa. Hasta aquí, Cintia soportaba estoicamente cada uno de los dolores, con suma tranquilidad, como si conociera desde siempre cómo actuar en esta situación. ¿Yo? Ya no sabía de qué manera ocultar mis nervios.

Una partera fue la cruel villana que realizó el trabajo sucio de romper bolsa. Contuve mis ganas de echar a patadas a esa mujer que hacía sufrir a mi esposa. Desde ese momento los dolores se volvieron más fuertes; la agotaban. Después de cada contracción, quedaba al borde del desmayo.

A las doce y pico la vinieron a buscar para llevarla a quirófano. La acompañé hasta donde me permitieron y después me quedé solo en un pasillo. Detrás de la puerta se iba mi esposa con mi hijo a punto de nacer y yo de este lado, solo, sin ellos... Sin poder hacer nada.

La tristeza me invadió. Nunca había estado en un parto. Las películas muestran que en ese corredor te encontrás con tu familia, que te viene a apoyar en la eterna espera; yo estaba solo. Mis padres desaparecidos, mi abuela fallecida. Estaba solo.

Busque en mi bolsillo el teléfono celular y le escribí a mi amigo, "El Colo". Tenía mucho miedo, temía alguna complicación. Estaba cansado de esperar a mi hijo, deseaba que naciera lo más rápido posible. ¿Y después? ¿Cómo haría para ser un buen padre? ¿Quién sería mi referencia? Aún hoy me
carcome la duda y la necesidad de saber si mi padre, José Manuel, llegó a conocerme. Lo único que tuve fue a un terrible hijo de puta que me robó siendo un bebé de días.

El Colo me llamó. Me habló con la particular calma con la que te habla alguien cuando le pone el corazón a cada palabra. Me fue tranquilizando y me dijo:

- No te preocupes más. Nacho te va a enseñar a ser su papá y vas a ser un buen padre. Lo sé, porque tenés miedo de equivocarte. Tranquilo, que tu esposa te necesita. Yo estoy yendo para allá. No estás solo.

En ese momento deseé que El Colo fuera mi papá. No por despreciar al mío, sino porque deseaba que mi verdadero padre me hablara así. Tal vez él, José Manuel, me hubiera dado mejores palabras. Tal vez hubiera limpiado mis lágrimas. Lo cierto es que en ese momento no lo tuve, porque no se lo permitieron. Alguien lo había decidido así veintiocho años atrás.

Me limpié la cara con la ropa y me obligué a calmarme.

Se abre la puerta y me llama una enfermera. Entro a una pequeña sala. Ella indica que me vista con ropa de quirófano. El Maldito Bastardo es grandote como un oso y tiene sobrepeso. Difícil tarea, la de vestirse con una ropa que es tres talles más chica cuando detrás de unas paredes se encuentra tu mujer a punto de dar a luz a tu hijo. El mayor problema era el pantalón; desistí (menos mal que no me había desnudado; sino hubiera entrado a quirófano con el culo al aire). Caminando como un pingüino imperial me acerque a Cin. Se la veía agotada. El bebé ya había coronado, el momento estaba próximo.

Ayudé en todo lo que me pidieron. Ella tomó fuerte mi mano. Pujó una vez, dos veces. A la tercera nació Ignacio. 13:27hs. El médico lo puso en el pecho de su mamá. Lloré de emoción, de alivio. Lloré de felicidad. Lloré como un niño.

-Es tu hijo, me dijo el médico.

Sólo pude tocarle su minúscula nariz con la yema de mi dedo índice derecho. No me animé a más. ¡Se veía tan frágil! ¡Tan indefenso!

Lo tuve en mis brazos por primera vez al día siguiente. No me pregunten por qué, aún hoy no lo sé.
Su pequeña mano tomando mi dedo meñique, con los ojitos cerrados. Eso recuerdo de la vez que alcé a mi hijo y hoy, a casi cinco años de aquel momento, todavía me emociono al punto de las lágrimas cuando se me viene a la memoria ese instante.






15 de mayo de 2012

Mi nombre

Tengo tres nombres y dos apellidos: Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit. Más que un nombre, parece una institución. El segundo apellido es de los "difíciles", tan complicado que es necesario deletrearlo cada vez que me lo preguntan.

El primer nombre es el que usé durante toda mi vida; el que me pusieron mis apropiadores; Rodolfo en honor a "el caña" Rey, compañero de mi papá asesinado; el tercer nombre por "el marra", Luis Fernando Kuhn, otro "cumpa" de militancia. Pérez lo heredo de mi papá y Roisinblit de mi mamá.

Debo ser de las pocas personas en este país que tiene el privilegio de elegir sus nombres. Yo pedí que se me mantenga el Guillermo, que se quite el Rodolfo y que se agregue el Roisinblit: Guillermo era absolutamente necesario, Vital; Rodolfo es muy fulero y el Roisinblit es en honor a mi mamá.

Al final terminamos negociando con el Juez. Rodolfo no me lo pensaban sacar, Guillermo no me lo querían dejar, pero hice mérito al pedir que se me ponga el apellido materno y después de un rato decidí que Rodolfo no era tan fiero como para no tener más a Guillermo. Ya sé, un lío. No encuentro manera de explicarlo mejor.

Una buena: Al momento de nacer mi primer hijo, mi esposa resignó que el nene lleve su apellido para que tuviera los dos míos. Un gran acto de amor y en honor a una suegra que jamás tendrá la oportunidad de conocer. Ese día dejé de ser el único Perez Roisinblit del mundo.

14 de mayo de 2012

Querer no siempre es poder

Desde el 8 de febrero de 2001 ( que detuvieron preventivamente a Francisco) hasta el 28 de diciembre, ( día de los inocentes y fecha en que la Jueza Maria Romualda le concedió la prisión domiciliaria a Dora) me alejé completamente de mi familia.

Solo hablaba por teléfono con mi abuela Argentina. Con Rosa y Maricel no quería saber nada. Cada vez que me llamaban para hablar conmigo les respondía lo mismo: -NO QUIERO HABLAR CON VOS! Y colgaba con bronca. Siempre fui de frente, hasta para eso.

Para fin de ese año, y como condición de su Señoria Badubuduburia para permitir el arresto domiciliario, llamé a mi abuela materna. Recién en 2002 retomé la relación y por un corto tiempo.

Hace unos días, antes que mi hermana se vuelva a ir a Europa le escribí un mail. (No me crees? Hace click acá)

El mail decía: Tengo ganas de verte, podes?

Parece que no pudo verme, tampoco contestarme al menos con un NO QUIERO!

Lejos de enojarme, me angustie. Me dio pena. Debe ser mucha la confusión en su balero como para no poder, al menos, negarse.

Otra vez será.

13 de mayo de 2012

Las fotos de mi papá

Un día - por desgracia no recuerdo cuándo - mi abuela paterna Argentina nos invitó a Cintia y a mí a almorzar a su casa. La comida fue deliciosa y de postre estuvimos viendo todas las cosas que mi abuela tenía guardadas de su hijo, mi papá, José Manuel.

Después de ver sus cuadernos, sus fotos y hasta unos zapatitos de cuando era muy chico, me regaló todo. No pude aceptarlo. Esas cosas eran lo poco que le quedaba de su hijo, su único hijo, ése que le secuestraron y desaparecieron cuando tenía solamente veinticinco años. Los recuerdos en su memoria y esas fotos y cuadernos eran todo lo que quedaba como evidencia de su paso por esta vida. (También sus dos nietos, una - la princesa - a la que crió como a su propia hija y otro al que le robaron durante veintiún años).
No pude, no era justo. Le pedí sólo las fotos de las que tenía copias y le prometí que cuando ella faltara, yo me quedaría con ese incalculable tesoro.

El 04 de Septiembre del 2005 se me fue; se le acabó la vida. Algunas abuelas de plaza de mayo dicen que se fue feliz de haberme encontrado. Espero que sea cierto. Me queda en el alma un vacío terrible y la angustia de no haberme permitido disfrutarla más.

No cumplí mi promesa: a horas de su partida, la princesa se presentó en su departamento con un cerrajero y cambió la cerradura. Nunca entendí la razón. Lo cierto es que desde ese momento hasta hoy, las fotos de mi papá son un botín de guerra entre nosotros.

Una herramienta más para hacerme sentir como un maldito bastardo.

Algunos temas tabú...

Tengo alrededor de diez post guardados como borrador, inconclusos, desordenados y cargados con diferentes emociones que me cuesta publicar.

Tengo una hermana dramaturga; me apenaría que la gente nos compare y se diga por ahí que no doy la talla... Otra vez.

A mí me cuesta escribir sobre masturbación, burlarme de los militantes y volcar aquí mis sueños inventados.

Sepan disculpar.

8 de mayo de 2012

Día cero (última parte)


Si usté no tiene ni idea de dónde parte este hilo, le cuento que la primera parte está acá y la segunda por aquí.
Habíamos quedado en que me iba a acercar a Abuelas.

Durante el viaje, iba repitiendo la secuencia de los diferentes momentos vividos en el día. Tenía miedo, no lo puedo negar; miedo que lentamente fue desvaneciéndose, a medida que pensaba en la posibilidad de tener una hermana.

Yo tuve una infancia muy aburrida, siempre quise un hermano. Imaginaba que así no tendría que jugar nunca más solo y que seríamos compinches. Yo tenía gran facilidad para armar distintos vehículos con los "rasti", a los que tripulaba con los siempre vigentes playmóbiles; con eso jugaríamos. Otra opción sería la colección de muñequitos de He-man, las bolitas o cualquier otra cosa. Después de todo, la idea era acompañarnos.
Ahora que lo pienso mejor, de pequeño nunca imaginé tener una hermana. No sé por que extraña razón siempre idealicé tener un hermano varón. Tema para preguntar en terapia. Tomo nota.

Decía que iba para APM (Abuelas de Plaza de Mayo). Iba en tren, y luego en Chacarita haría
combinación con el subte para bajarme en Abasto (en esa época, la casa de las Abuelas estaba frente al conocido Shopping). Mientras iba viajando, le decía a la chica con la que noviaba que tenía miedo y le pedía por favor que al primer indicio de que yo estuviera muy vulnerable me sacara de ahí.

Rememorando ese día todavía no puedo enteder de dónde saqué fuerzas para semejante acto de arrojo. ¿Con qué me encontraría? ¿Sería esa chica mi hermana?

Lo raro es que en algún momento del viaje en tren, dejé de pensar que si todo lo que decía Maricel era cierto (y yo era su hermano), significaría que toda mi vida había sido una gran mentira. No sé si fue una reacción normal de mi psiquis o un mecanismo de defensa; lo cierto es que yo iba a saber si Maricel era mi hermana, y nada más.

Toqué el timbre y me dijeron que iban a bajar a abrirnos. [Acá la memoria me falla. No logro determinar si había portero eléctrico o si bajaron a abrirnos. Pasemos a la siguiente secuencia.]

Abre la puerta una anciana de muy baja estatura. Se la podía observar visiblemente nerviosa. Tenía los ojos vidriosos y tristes. No dejaba de mirarme. Me estudiaba, me analizaba.



Días después me enteraría de que esa señora mayor era mi abuela paterna. Por eso me miraba tanto, por eso estaba nerviosa. Recuerden que yo tengo un gran parecido con mi papá; verme a mí era como volver a ver a su hijo luego de veintiún años.

Me acompañó a una oficina: en ella nos esperaban dos hombres y Maricel. Nos sentamos. La abuela nos preguntó si queríamos tomar algo. Un café, pedí yo. Empezó la charla: yo ansiaba saber qué datos tenían para que Maricel pensara que yo era su hermano. Luego de un rato, me explicaron que en las últimas tres semanas habían recibido denuncias telefónicas anónimas dando mis datos, asegurando que yo era hijo de desaparecidos. Pedí oír las denuncias, creyendo que existía una grabación; no era así, el método. Las denuncias se transcriben al papel en el mismo momento en que alguien llama para realizarlas.

Vuelve a entrar en escena la abuela (mi abuela), ahora con una taza de café que apenas puede alcanzarme. Las manos le temblaban.

Uno de esos llamados lo había tomado mi hermana. Imagino sus nervios, tratando de escribir rápidamente sin dejar de preguntar. Leí las conversaciones. Indudablemente, la persona que llamó me conocía. Un ochenta por ciento de los datos eran correctos; les había contado toda mi vida.

- ¿Qué hay que hacer para saber con certeza si somos hermanos? - le pregunté a Maricel.
- Un ADN - me dijo. - Hay dos maneras: una, extrajudicial, en el banco de datos de las Abuelas en USA y otra en el Hospital Durand. - explicó.
- Vamos con la primera. - le dije.

Los dos hombres se miraron. Mandaron a buscar una hoja de papel muy parecida al papel secante y una aguja. La idea era pincharme el dedo y poner 5 gotas de mi sangre en ese papel, pero todos estaban muy nerviosos y nadie se animaba. Tuve que pincharme yo mismo (durante varias semanas pude ver el pinchazo en mi dedo pulgar derecho). Una gota de sangre por cada uno de los círculos que había dibujados en el papel secante. Una a una las fui depositando, con naturalidad, como si eso fuera una rutina. Después charlamos unos momentos más y le dí a Maricel el número telefónico de mi casa. Le pedí que si me llamaba no dijera nada de este encuentro, que se presentara como una amiga. Nos despedimos con un beso y me fui.

Así empezó todo. Así conocí a mi hermana y a una de mis abuelas. Ahí empecé a transitar el camino de la verdad.

7 de mayo de 2012

Al público

Varios días pasaron desde el último post y sin embargo las visitas no dejan de llegar.

Son morbocitos, ¿eh?





Gracias.

2 de mayo de 2012

Él

A veces tengo la sensación de que en cualquier lugar, en cualquier momento, lo voy a ver apareciendo de la nada. Avejentado, con ese pelo corto ahora todo canoso, arrugado, pero con la misma cara de turro de siempre.

Hubo una época en que ese tipo era mi papá; después pasó a ser sólo una visita forzada una vez al mes, para finalmente convertirse lenta y paulatinamente en mi apropiador. Desde el 23 de Diciembre del 2003, no lo vi nunca más. Era vísperas de Navidad y lo fui a visitar a donde estaba detenido en Palermo. Sus propios compañeros de armas eran quienes se encargaban de custodiarlo en una pieza; se podría decir que era una celda VIP.

Ese día, como tantos otros, había comido asado. También disfrutaba del privilegio de tomar vino, y cuando llegué ya estaba borracho. Me habló de mala manera y comenzó a reclamarme que por mi culpa nunca había podido volver con su esposa. Le recordé que ella lo abandonó porque él le era infiel y le pegaba de manera animal, hasta el punto de casi matarla; no quiso oírme. Le pregunté para qué hubiera vuelto con ella, si al fin y al cabo lo único que le había dado eran maltratos e infelicidad. Se enojó aun más. Me dijo, sin empacho, que era culpa mía que él estuviera preso, y en ese instante no aguante más:

- ¿Mi culpa, que estés preso? ¿Yo te mandé a que te robes un bebé? ¿Yo te pedí que me criaras? ¿Yo te insinué en algún momento que prefería vivir la mentira que me fabricaste?

Me miró fijamente pero desorientado, y sin ningún problema me dijo:

-Para el día que salga de acá, tengo guardadas unas balas para tus abuelas, para tu hermana y para vos.

No soy un tipo violento, pero de la rabia me dieron ganas de golpearlo hasta que se fuera en sangre.

-¿Querés matarme, hijo de puta? ¿Después que llevo tres años sosteniéndote la vela cuando me cagaste la vida? ¡Dale, basura, date el gusto!

Me abalancé sobre él para destrozarlo. Aparecieron dos o tres guardias que me tomaron por los brazos y las piernas, pero ni eso era suficiente para controlarme. Me sacaron como pudieron de la habitación y desde afuera le grité con todas mis fuerzas un sinfín de insultos que llevaba siglos queriéndole gritar. Ni una sola lágrima, derramé.

Desde ese momento no volví a verlo jamás.

A veces tengo la sensación de que en cualquier lugar, en cualquier momento, lo voy a ver apareciendo de la nada. Sé que queda pendiente un último encuentro, en el que le preguntaré qué fue de mis padres y dónde están sus restos.

Me lo debe.

El rol

Tengo que reconocerlo: no pude aprender todavía a ser hermano.

Viví durante más de dos décadas como hijo único. Ese lugar lo conozco y era fácil asumir el rol. Sé también mantener una amistad (me considero un buen amigo de mis amigos). Supe ser novio. Creo ir por buen camino siendo esposo. Mis hijos me están enseñando a ser padre..., pero ser hermano es un papel que no pude interpretar jamás. Y mucho más difícil es ser hermano de una hermana.

¿Cómo hago para explicarlo mejor?

Son pavadas mías; rollos míos. Yo veo a mis hijos, que se abrazan como si nada y se dan un beso o la mano; juegan, se pelean y se consuelan. Yo no pude construir ese lenguaje ni ese vínculo afectivo con mi hermana. A mí me cuesta mucho darle un abrazo, decirle cosas lindas, darle un regalo o simplemente comprarle una golosina en un kiosco sin sentirme cursi o tonto.

La princesa y este maldito bastardo tendrían que haber tenido la posibilidad de disfrutarse desde sus primeros recuerdos hasta la actualidad.

Tal vez así, hoy no estarían leyendo este post.

1 de mayo de 2012

Feriado

El maldito bastardo es un laburante. Por eso, en su día, no escribirá un post largo, sino que se limitará a saludar a todxs los trabajadorxs y desear que los que aun no tienen un laburo lo consigan rápidamente.