26 de abril de 2012

Día cero

Los jueves eran mis días de franco. Ese jueves, el teléfono sonó a las 08:00hs. Era mi jefe, para decirme que una de mis compañeras del turno mañana estaba enferma y pedirme que suspendiera mi muy merecido descanso y fuera a suplirla; semidormido contesté que sí. Doce horas más tarde no estaría muy seguro de si esa fue una decisión correcta (como si uno pudiera escaparse del destino).

Yo trabajaba en una especie de McDonalds, cuando todavía en San Miguel no había algo así. La idea innovadora fue de los dueños de una cadena de disquerías que pretendían diversificarse. Así, en dos locales sobre la avenida céntrica estaba mi lugar de laburo. De un lado, disquería; del otro, patio de comidas.

Llegué a eso de las 09:30hs (en esa época, desde mi casa hasta ahí sólo tardaba 30 minutos. ¿Quién podía decirme algo?) e inicié la misma rutina de siempre... Hasta el mediodía.

De repente, aparecen ante mí dos chicas de no más de veinticinco años. Una cargaba en brazos a un bebé; la otra preguntaba por mí con nombre y apellido. ¡Imagínense la situación! Mi vida era, por ese entonces, trabajar para tener dinero los fines de semana. Era un muchacho bastante atorrante que salia mucho a bailar. Nunca fui alcohólico, pero a veces me ponía muy "alegre".

- ¿Vos sos Guillermo Gómez? - me pregunta la chica que no cargaba al bebé, y yo en un microsegundo revuelvo mis recuerdos, a ver si alguna vez estuve con alguna de ellas dos.
- Sí, soy yo. - contesto.
- ¿Puedo charlar con vos? - insiste.
- Estoy trabajando. - le dije yo.

Súbitamente decide pasar por mis espaldas un compañero de trabajo y me dice, por lo bajo:

- Hacete cargo del pibe, es igualito a vos. -, pero la gota que rebalsa el vaso es la última pregunta de la minita:

- ¿Te puedo escribir una carta?

¿Qué clase de loca venía a mi trabajo, preguntaba mi nombre y ante mi negativa de hablar me preguntaba si me podía escribir una carta? Después de esa pregunta, me descolocó; ya me daba lo mismo si me escribía una carta o me mandaba un telegrama cantado.

Se sientan, ordenan algo y una de ellas escribe en un papel unas líneas. Al rato me pide una bolsa. Se la doy. Guarda la carta en un libro y el libro en la bolsa y me entrega todo.

¿Que más quedaba por hacer en ese momento? Sin dudarlo, saqué el libro y fui directamente a leer la carta, así me enteraba de una vez por todas de qué trataba esta locura. A grosso modo y muy sintetizada, la carta decía algo así:

"...Soy hija de desaparecidos...
...Estoy buscando a mi hermano...
...Es probable que seas vos..."

¡Qué mal que me sentí en ese momento, por favor! ¡La había estado tratando tal mal y esa piba era hija de desaparecidos y buscaba un hermano! "¡Qué porquería soy!", pensé, y me acerqué a ella para pedirle disculpas. Recuerdo que le dije algo más o menos así:

- Disculpame. Si yo tuviera un hermano perdido también lo estaría buscando.

Recuerdo que le tiré una explicación poco convincente de por qué no se tenía que hacer ilusiones. Hasta le mostré mi documento. Me miró y me dijo que en la carta estaba su número de teléfono y el contacto con Abuelas de Plaza de Mayo, que si me surgían dudas podía llamar a cualquiera de los dos. La saludé y me fui a seguir con lo mío.



Continua...

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