6 de octubre de 2010

Conmemoración

Treinta y dos malditos años, ya. Toda una vida. Mi vida.

Veintiún años después de nacer, me encontrarían. Porque yo también desaparecí el día que se llevaron a mi mamá, embarazada de ocho meses. A mí me llevaron en su vientre. No era un "innecesario feto", como me llama la princesita; yo fui buscado y deseado.

Ser buscado parece ser una constante a lo largo de mi vida. Yo siempre estuve en el mismo lugar: en la mentira cómoda. Esta realidad es muy difícil de soportar.

José Manuel tenía veinticinco años y Patricia veintiséis. Hoy soy más viejo que ellos.
Tenía una hermana, muy chiquita.
Tenía familia. Abuelos, tíos, primos. Y eran muchos.
Tenía derechos. Derecho a no sentirme hoy un extraño a lado de los que tienen mi misma sangre. A ser tratado igual que mi hermana. Derecho a tener un Papá y una Mamá. A pegarle a mi hermana cada vez que me molestara. A que me defendieran si ella me hacía algo injusto.
Tenía derecho a sentirme parte de ellos.

Sin embargo, mi vida fue otra.
Estuve con otra gente, con quienes me crié. O "los que me criaron", si quieren ser más exactos.
Y después vino mi hermana, esa flaca, con la gran frasecita: "...vos podrías ser mi hermano."

¿Qué decir? Conmigo las cosas siempre se hicieron mal. Esa no era la manera y ella lo sabía. Baldazo gigante de mierda en mi balero. Sí, era su hermano, nomás. Y me encontró. ¿¿¿Y qué paso??? Nada, ¿qué iba a pasar? No fui lo suficientemente hermano para ella, ni nieto, ni hijo, ni nada. No llegué ni a los talones del hijo que José Manuel y Patricia se merecían, según su criterio. Sólo soy el "maldito bastardo".

Yo soy el interesado. Yo soy el que se siente una oveja negra. Yo soy el nieto menos importante. La vergüenza. No vale la pena un viaje de treinta kilómetros para ver a mis hijos, porque queda lejos... pero un viaje a Europa o a E.E.U.U. no se puede desperdiciar.

Yo soy el hijo que no es hijo, por más que lleve el apellido de ambos, mis padres. Y a mi pedido.

Ojo, que también:
Yo soy el que no pudo decidir si quería o no nacer en el sótano de un campo de concentración. Yo soy el que sólo tuvo afecto de Mamá por tres o cuatro días. El que no sabe si conoció a Papá. El que jugó solito de chico... teniendo una hermana. El que no pudo conocer a su abuelo José.

Yo fui y soy también víctima. Porque aquel 6 de octubre también desaparecí.

A mí me cambiaron la vida. Yo quedé huérfano, no bastardo. Y no sólo de padre y madre. De toda una familia. ¿Qué culpa tienen ellos? Ninguna. ¿Cómo acercarse a alguien que no se conoce? ¿Cómo querer a alguien que no se conoce? Era mas fácil cuando sólo era un fantasma, un ideal. En esa época por lo menos se me tenía lástima. Ya sé que es un sentimiento de mierda... pero es un sentimiento al fin.
Y bue...

Hoy se conmemoran treinta y dos años desde el momento en que se definió mi futuro. Desde el día en que mis padres y yo perdimos más que la libertad. Ellos, ese día, se encaminarían indefectiblemente hacia su muerte. No esclarecida, pero seguramente trágica y violenta. Yo, todo mi ser, sin siquiera poder pedir auxilio.

Yo SÍ aprendí a quererlos sin conocerlos. Les perdoné lo que les objetaba. Me cansé de culparlos. Y de perdonarlos. Los lloré y los lloro, los extraño y los necesito, cada día más.

Hoy es sólo un día más de los casi doce mil que hace que ya que no están. Y no los olvido, por más que no sea yo el que publica sus fotos en el diario. Yo hago mi luto de otra manera; de la mejor que puedo. De la única que me sale.

Yo sigo acá. Ya no tan cómodo. Pero elijo estar del lado de la verdad..., por más puta que sea.